En esta obra, la forma ovalada —arquetipo universal del origen y la gestación— se transforma en un contenedor de resina translúcida donde reposa, en posición fetal, un pequeño astronauta.
La escena evoca simultáneamente un nacimiento y una conservación, como si la figura estuviera suspendida en el tiempo, protegida en un espacio liminar entre lo biológico y lo cósmico. El uso de resina crea un efecto de eternidad, encapsulando la vulnerabilidad del infante y la simbología heroica del astronauta en un mismo gesto.
La pieza plantea una reflexión sobre el futuro de la humanidad, la construcción de la identidad y la idea de que todo viaje —incluso el más distante— comienza en un punto íntimo, frágil y profundamente humano.
