En esta obra, el astronauta figura icónica de la exploración y de los límites de lo posible se encuentra sentado en un sofá cuya superficie reproduce con detalle la textura de la Luna, con cráteres, grietas y sombras sutiles. El contraste entre la monumentalidad simbólica del traje espacial y la quietud meditativa del cuerpo genera una tensión poética: un explorador del cosmos que decide detenerse a observar su universo interno.
La pieza plantea preguntas sobre el aislamiento, la introspección y el impacto emocional del viaje. Al fusionar lo doméstico con lo astronómico, la obra sugiere que la frontera entre mundo interior y exterior es tan vasta y misteriosa como el propio espacio.

