En esta pieza, el astronauta aparece en una postura relajada, con las piernas cruzadas y una taza de café entre las manos, fusionando la iconografía heroica de la exploración espacial con un gesto profundamente humano.

La escena subraya la paradoja entre la vastedad del universo y la necesidad persistente de conservar rituales personales, incluso en los límites extremos de la experiencia. La taza símbolo de pausa, confort y rutina se convierte en un ancla emocional que humaniza al explorador.

La obra propone una lectura sobre la intimidad en contextos extraordinarios y sobre cómo pequeños actos cotidianos definen nuestra relación con lo desconocido.